LOCO MÉXICO MÁGICO: CUANDO UN PUEBLO ENTERO DECIDE HACER CINE
- Kary Vazquez
- 11 ago
- 5 min de lectura

Este 13 de agosto llega a las salas mexicanas “Loco México Mágico”, la nueva película del director Carlos Santos. Sí, el mismo que con su ópera prima, “Chilangolandia”, dejó huella y que después dirigió “Sra. Influencer”, una comedia bastante crítica sobre las redes sociales.
Ahora Santos nos lleva hasta Alvarado, Veracruz, donde un excéntrico alcalde tiene una idea para atraer turismo y convertir a su pueblo en un destino internacional: hacer una película al estilo Hollywood, protagonizada por una cantante pop. Para lograrlo pone unos cuántos millones de pesos sobre la mesa y encarga la producción a un joven que se dedica a grabar fiestas de XV años y los comerciales del propio alcalde.
El problema es bastante sencillo: no tienen crew, no tienen equipo profesional y prácticamente nadie sabe cómo hacer una película.
Y hay que decir algo desde el principio: no es fácil hacer comedia, y Carlos Santos lo logra muy bien. No se despega del género que ha trabajado en sus películas anteriores, pero esta vez, sin duda, evoluciona en su propuesta, porque detrás de una premisa que podría parecer completamente disparatada hay situaciones que resultan bastante cercanas a nuestra realidad.
Por ejemplo, esas estrategias políticas con las que se intenta atraer turismo hacia una localidad. Los Cabos buscando hacer el sashimi más largo del mundo; Amecameca convirtiendo la temporada de luciérnagas en un festival; o el Festival del Elote en Macuspana, Tabasco. Ideas que pueden sonar extravagantes, pero que también representan un esfuerzo por atraer ingresos económicos hacia pueblos muchas veces olvidados.
Así que la idea de un alcalde que decide hacer una película para poner a su pueblo en el mapa quizá no sea tan descabellada.
Y desde ahí “Loco México Mágico” comienza a traer a la pantalla momentos muy reconocibles de nuestra política: sus estrategias, sus tejes y manejes, así cómo esa necesidad permanente de hacer cosas espectaculares para demostrar que se está haciendo algo.
Silverio Palacios interpreta precisamente a ese alcalde excéntrico y hambriento de poder, como cualquier político, pero hay algo interesante: Carlos Santos no lo deja únicamente en la caricatura.
Poco a poco conocemos también al padre, al esposo y al miembro de una comunidad. Un hombre que en algún momento tendrá que darse cuenta de que la está regando y, principalmente como padre.
Porque dentro de esta historia tan ligera logramos encontramos situaciones familiares bastante comunes. El alcalde prácticamente se ha quedado solo en el pueblo. Su esposa vive en la Ciudad de México y su hijo también quiere irse para desarrollar su carrera como actor porque, como dice en algún momento, “allá se filma todo”.
Y esa pequeña frase abre una crítica bastante importante: la centralización de la industria audiovisual en México.
Si quieres hacer cine, parece que tienes que irte. Las producciones, las oportunidades y buena parte de la industria continúan concentrándose en determinados lugares, mientras existe todo un país con historias, talento y personas que quieren dedicarse al audiovisual.
Pero la película tampoco se queda solamente ahí. En medio de la comedia aparecen la desintegración familiar, el alcoholismo, la búsqueda de mejores oportunidades y, por supuesto, el típico padre machista mexicano que quiere decidir lo que es mejor para su hijo sin preguntarse realmente este quiere.
Eso también es el alcalde.
Del otro lado tenemos a este joven director local que realiza los comerciales del político y que de pronto se encuentra ante la posibilidad de dirigir su primera película. Es la oportunidad que estaba esperando, aunque las condiciones sean prácticamente imposibles.
“¿Eres o no eres?”, lo reta el alcalde.
Sí, quiere ser director.
Pero no hay crew. No hay equipo profesional. No hay dinero suficiente.
Y entonces aparece, para mí, una de las ideas más interesantes de “Loco México Mágico”: hacer cine con lo que tienes a la mano.
El pueblo entero comienza a convertirse en un crew. Unos participan en el cast, otros ayudan con las luces; aparecen reflectores hechos con cubetas o con lo que esté disponible, y hasta los efectos especiales terminan en manos del mismo borrachín que echa los cuetes durante las festividades.
Ahí está la verdadera resiliencia de este México mágico.
Podríamos llamarla la creatividad de la pobreza, pero quizá sería más justo llamarla la creatividad de un México abandonado que todavía tiene muchísimo que dar.
Y es que no se trata solamente de improvisar por falta de dinero. Se trata de una comunidad que sabe resolver porque ha tenido que aprender a resolver. Si no hay equipo, se inventa; si falta gente, participa el pueblo; si no existen las condiciones ideales, se trabaja con las condiciones que existen.
Y quizá ahí está una de las cosas más bonitas de la película: mientras el alcalde quiere hacer cine para convertir al pueblo en un destino turístico internacional, el joven director aprenderá que desde ahí también se puede hacer cine.
Fernando Cuautle forma parte de ese pequeño crew y le hace de editor, de foquista, de asistente y de amigo; ese amigo que también intenta encontrarle el lado positivo a la propuesta de un político convencido de que con un millón de pesos pueden levantar una superproducción.
Se vale soñar.
Y Fernando Cuautle vuelve a sorprender. Es increíble cómo ha aparecido en tantos papeles dentro del cine mexicano y nunca parece ser el mismo. Tiene una gran capacidad para caracterizar a sus personajes y desaparecer detrás de ellos.
También me parece interesante la decisión de llevar a la pantalla grande al standupero Daniel Sosa, porque la verdad es que funciona bastante bien.
Hace un trabajo muy digno y llega un momento en el que dejas de pensar en Daniel Sosa, el standupero, y comienzas a ver al personaje. Algo nada sencillo cuando hablamos de figuras que ya tienen una personalidad pública, una voz y una manera de expresarse tan reconocibles. Aquí incluso modifica su tono de voz y logra mantenerlo a favor de la narrativa.
Y esto también convierte a “Loco México Mágico” en un ejemplo de algo que nuestro cine debería tener muy presente: podemos buscar talento y no solamente fama.
No se trata de meter influencers, comediantes o personalidades conocidas por meterlas. Se trata de encontrar personas que realmente estén a la altura del personaje y de la historia.
Por eso, lo que comienza como una comedia sobre un alcalde que quiere hacer una película para atraer turistas termina hablando de muchas otras cosas: de padres e hijos, de machismo, de alcoholismo, de quienes tienen que abandonar sus lugares de origen para encontrar oportunidades, de la centralización del cine y, sobre todo, de la creatividad que surge en lugares donde aparentemente no existen las condiciones para crear.
“Loco México Mágico” termina siendo una propuesta refrescante, emotiva, explosiva y necesaria para el público mexicano.
Y es que sin duda el cine mexicano necesita mucho este tipo de historias: regionales, esperanzadoras y sin dejar de ser críticas con el sistema. Productos que entiendan las tendencias y las necesidades del público, pero que también volteen a mirar hacia esos lugares del país que pocas veces encuentran un espacio en la pantalla.
Al final resulta curioso que dentro de la película tenemos a un grupo de personas intentando demostrar que también se puede hacer cine desde Alvarado, Veracruz, con un pequeño crew y lo que tengan a la mano.
“Loco México Mágico” termina recordándonos prácticamente lo mismo:
hay talento fuera del centro, hay historias fuera del centro y hay mucho México que todavía falta por llevar a la pantalla..
KV



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