LAS ALAS DEL DESEO: EL VÉRTIGO DE SENTIRSE HUMANO
- Casa Svank

- 26 mar
- 3 Min. de lectura

Las alas del deseo, Win Wenders (1987)
Por Karen Campos
¿Qué significa realmente vivir: observar la vida o atreverse a sentirla?
Las alas del deseo (1987), dirigida por Wim Wenders, sigue a Damiel (Bruno Ganz), un ángel que observa la vida humana sin poder experimentarla, acompañado por Cassiel (Otto Sander). Sin embargo, la película no solo trata sobre ángeles, habla sobre el acto de vivir y todo lo que implica. A través de distintos personajes, construye una reflexión sobre la experiencia humana: sus contrastes, su peso emocional y su sentido.
Esto se observa en figuras como el anciano que carga con los recuerdos de la guerra, o en el personaje interpretado por Peter Falk, quien, habiendo sido ángel ahora encuentra valor en lo cotidiano: sentir, probar, estar presente. También en Marion, la trapecista (Solveig Dommartin), que atraviesa una sensación constante de pérdida y desorientación.
Y, por supuesto, nos pone en el lugar de los propios ángeles. Damiel comienza a sentirse atraído por aquello que no puede experimentar: el amor y la vida misma. A diferencia de Cassiel, que observa con distancia, Damiel mira el mundo con los ojos de un niño, siente curiosidad, asombro y una necesidad constante de entender. Esto se hace evidente en la escena del circo, cuando se sienta en las gradas y disfruta del espectáculo como si fuera uno más del público, mientras Cassiel permanece al margen, observándolo, como si intuyera que algo más está ocurriendo en él.

Una de las ideas más potentes de la película es que “lanzarse al vacío” no significa perder la vida, sino recuperarla. Cuando el ángel decide convertirse en humano, no solo gana la capacidad de sentir, sino también de sufrir, de amar y de existir plenamente en el tiempo.
La postura de la película no es idealista, sino crítica y equilibrada: reconoce que la experiencia humana está atravesada tanto por la belleza como por la violencia. Así como el ser humano es capaz de enamorarse, también lo es de cometer atrocidades, como la guerra. En este sentido, el conflicto no es externo, sino profundamente interno. Los personajes no luchan contra algo tangible, sino contra sus propios pensamientos, dudas y emociones.
Esto se refuerza a nivel formal. El uso del blanco y negro nos sitúa dentro de la mirada de los ángeles: un espacio donde predominan los pensamientos, la observación y la introspección. En contraste, el color aparece cuando se entra en el mundo humano, donde ya no hay acceso a la mente. Este cambio también genera una sensación extraña: pasamos de entenderlo todo a simplemente vivirlo.
El ritmo pausado permite justamente detenerse en cada personaje, en cada pensamiento, en cada instante. La cámara no es pasiva; acompaña, sigue y abandona personajes, como si también fuera un observador más dentro de la ciudad. También se vuelve turbulenta, cuando debe hacerlos, lo describiría como la mirada del ángel.

Por otro lado, tenemos Berlín, no solo como un escenario, sino un personaje en sí mismo. Ambientada antes de la caída del Muro, la ciudad refleja una división constante: no solo geográfica, sino también simbólica, en una división que no solo pertenece a la ciudad, también habita en los personajes: entre observar y vivir, entre la distancia emocional y la necesidad de sentir.
Finalmente, la música —particularmente la de Nick Cave— no funciona solo como acompañamiento, sino como un elemento narrativo más. En escenas clave, como el concierto, la música sustituye los pensamientos y se convierte en la forma en la que los personajes procesan lo que sienten, especialmente Marion en su momento de quiebre.
En conclusión, la película no se trata sobre ganar o perder, sino una invitación a experimentar. Porque al final, vivir no se trata de entenderlo todo, sino de atreverse a sentirlo.



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