TAXI DRIVER: UN RELATO DE CRIMEN Y PÉRDIDA DE HUMANIDAD
- Casa Svank

- 27 mar
- 3 min de lectura

Por Juan Antonio Hernández Felipe
Hablar de Martin Scorsese (Nueva York, 17 de noviembre de 1942) es referirnos a uno de los últimos cineastas de la vieja guardia hollywoodense, que hacían que el cine se sintiera como algo genuino, caso contrario a la actualidad donde la mayoría de las producciones originales son cada vez menores y dando cabida a las superproducciones: véase las declaraciones que señaló el neoyorkino sobre las cintas de Marvel Studios, a las cuales comparó con la “ida a un parque de diversiones”. De entre toda la filmografía del cineasta, Taxi Driver (1976) representa un punto importante dentro de su carrera, siendo un largometraje que lo posicionó como uno de los grandes del cine norteamericano y un ícono de la corriente conocida como ‘Nuevo Hollywood’, donde directores como George Lucas (Modesto, California, 14 de mayo de 1944) o Steven Spielberg (Cincinnati, Ohio; 18 de diciembre de 1946) que, al ser parte de una generación que aprendió a realizar cine viendo cine, redefinieron por completo a la industria con cintas que a hoy son consideradas clásicos, inspirando a toda una generación de realizadores.

Taxi Driver nos presenta a una sociedad estadounidense postguerra de Vietnam, conflicto suscitado del 1 de noviembre de 1955 al 30 de abril de 1975 y que tras finalizar, la mayor parte de la población se encontraba padeciendo el denominado ‘síndrome de Vietnam’, una sensación que combinaba la derrota sufrida durante el conflicto y una clara impotencia de los norteamericanos a lo que se consideraba un ‘conflicto sin sentido’ y que después de la derrota se encontraba buscando una nueva identidad y el poder político aprovechaba esa desesperanza para implementar sus narrativas, haciendo uso del nacionalismo, hechos que contrastan con la actualidad con figuras como Javier Milei (presidente de Argentina) o Donald Trump (presidente de Estados Unidos), personajes que han ganado popularidad debido a su carisma y declaraciones controversiales. Es aquí donde entra Travis (Robert De Niro): un excombatiente de Vietnam, quien obtiene un trabajo como taxista nocturno como una forma de lidiar con el insomnio que padece. En lo que respecta a géneros cinematográficos, la cinta abarca desde el drama psicológico, crimen, thriller y, por supuesto, el cine negro, aunque pudiera parecer una mezcla rara que podría resultar perjudicial para el desarrollo de la trama y sus personajes. Por ejemplo, el cine negro se ve reflejado en una Nueva York sucia y llena de crimen, donde la mayor parte de la actividad social se desarrolla durante la noche con luces tenues que iluminan unos pocos espacios; Travis encaja dentro de los personajes de este género, es moralmente cuestionable y se encuentra dispuesto realizar acciones como el asesinato o ejercer violencia de forma extrema sin sentir alguna clase de remordimiento, lo que lo hace entrar dentro del arquetipo del antihéroe, es decir, figuras con su propio código moral y para quienes el fin justifica los medios.

Y es justamente esa falta de empatía de Travis lo que hace que la cinta entre dentro del drama psicológico; vemos el declive moral que sufre el personaje al estar inmerso en un ambiente donde la violencia, además de estar normalizada, se convierte en una obligación social, todos estos factores empiezan paulatinamente como el rechazo que sufre por parte de Betsy (Cybill Shepherd), una mujer que trabaja en la campaña del senador Charles Palentine (Leonard Harris), un político que intenta ganarse la confianza del público y cuyo intento de asesinato por parte del protagonista constituye el prólogo de ‘caída moral’. No obstante, esta caída se ve obstaculizada por Iris (Jodie Foster), una adolescente prostituta que se gana la simpatía de Travis, quien intenta protegerla, objetivo que consigue en una de las últimas escenas de la cinta y que al final termina generando el quiebre de este que, tras asesinar a los proxenetas de la joven, pierde lo que resta de su humanidad. Cincuenta años después de su estreno, Taxi Driver se mantiene incómoda, cuestionable y subversiva y, sobre todo, reflexiva por el cómo es que como sociedad hemos llegado a integrar a la violencia como parte de nuestra identidad.



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