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  • Foto del escritorCasa Svank

LA ÚLTIMA FUNCIÓN DE CINE, UN RECORRIDO POR ESTE FILM







Por Asael Baez


La Última Función de Cine nos sitúa en la vida de Samay, un niño que entra en contacto con el cine a través de su padre, con una película correspondiente a su contexto cosmogónico y nacional. En el cine encuentra una obsesión por la proyección de la luz y de las imágenes, así como un mundo paralelo al que sucede en su pequeño pueblo situado a lado de las vías de un tren. Es a partir de esta serie de elementos que la película se desarrollará en un viaje íntimo, explorando la personalidad de un niño tierno con un abundante potencial y genio creativo.


Es importante inciar mencionando que la película, desde el primer momento se convierte en un testigo semidocumental del cine de la India, ya que nos adentramos en un cine (como película y espacio dentro de la misma) de este país, donde se nos muestran imágenes de su propia producción, de sus influencias, de sus temas, donde observamos que es un cine que tiende a tener historias de su cosmogonía religiosa y épicas. Es destacable ya que es un cine que no se explora habitualmente, pero que además contiene una plasticidad tan única como los temas que se tratan. Esto me parece fundamental, ya que Samay después conectará con la vida misma de una manera que, sin haber sido por este contacto con los colores de su cine, de sus temas, de sus historias, de sus sonidos, de sus personajes, no habría podido ayudarle a comprender hacia donde estaba yendo el final de su historia y su vida misma.


Para que se entienda mejor el párrafo anterior, me refería especificamente a la primer película que ve Samay, junto con su padre, sobre su Diosa encomendada, lo cual es importante, ya que el Padre de Samay se presenta como el antagonista, porque a este no le gusta ni le empatiza el cine, sin embargo, por tratarse de un tema religioso, acude, por ello también la importancia que carga el propio cine Indio en la película, por ser el que obsesiona, en principio, a Samay. Él, fascinado, con la infección de la cinefilia, empieza a abandonar sus horas de clase para acudir al cine, donde debe entrar escondidas por no poder solventar el boleto, pero eventualmente es donde conoce al que será su “mentor” y amigo, Fazal, que es el mismo proyeccionista del cine del que es expulsado, y quien, a cambio de la comida para la escuela enviada por su madre, le dejará ver las películas desde la sala de proyección a partir de ese momento. Eventualmente, como su mentor, le empezará a enseñar cómo se manejan los proyectores, y es aquí donde se empieza a alimentarse tanto su obsesión por contar con una proyección propia, como su genio creativo, ya que es aquí donde su curiosidad sobre como se hacen las películas incrementa y que es, sintetizando al propio proyeccionista, “a través de historias, a través de una ilusión, y para ello, hay que saber mentir”. Fazal comparte la pasión por las películas y su lazo con Samay se refuerza a través de las imágenes, sonidos, y escenas que han visto.







A través de la observación, empieza a imitar de manera primitiva y autodidacta el funcionamiento del proyector y la creación de imágenes; empieza por la deformación de la realidad a través de los colores, colores símiles a las películas que ve, obtenidos de trozos o botellas de cristal con los cuales empieza a jugar para lograr imitar lo que ve, para eventualmente, lograr una escena hermosa en el tren de su pueblo a la ciudad, donde a través de crear una pequeña rendija de luz que entra desde el exterior, un cristal y la oscuridad al interior del vagón, logra proyectar el paisaje exterior en sombras y luces. Eventualmente, a través de robarse fotogramas aislados de la película y una búsqueda constante de “capturar la luz”, además de su conocimiento acumulado, logra proyectar una imagen definida en una tela, sin movimiento, pero, será este es un punto de inflexión, ya que aquí es donde evoluciona la manera de contar historias de Samay, ya que, desde un principio reunía imágenes de cajetillas de cerillos para contar secuencialmente una historia, y ahora lo hará a través de imágenes proyectadas. Aquí parece importante detenerse porque, durante la película surgió un cuestionamiento, ¿en qué momento empieza el cineasta? ¿Cuándo toma una cámara o cuando tiene que saciar la necesidad de contar y consumir historias (o la misma existencia) a través de imágenes? ¿O es, como en el caso de Samay, cuando logra atrapar la luz y proyectar un encuadre de la realidad en movimiento a través de ella, como lo hizo en el tren? En este caso, me parece que, la mejor resolución es concebir al cineasta como un deformador de la realidad, propiamente, como lo sugiere Fazal y lo admite ser Samay, un mentiroso, un cuenta historias. Por lo tanto, el mentiroso lleva hasta sus últimas consecuencias las mismas, por lo cual reúne incluso un equipo de trabajo que trabaje entorno a ella, si está en sus recursos claro está, para que estás sean observadas y se escuchen como verosímiles (como Samay con sus amigos, los cuales reúne para lograr sus objetivos). No solo eso, sino que toda mentira siempre tiene que tener una parte de verdad para que ésta sea también verosímil, por lo que se tiene que apoyar siempre de su contexto, así mismo, la finalidad del mentiroso no la podemos conocer, sólo sabemos que es para no afrontar la realidad, es, una vez más, para deformarla, como si fuese una especie de fetichismo, incontinencia o necesidad de que sea a su propio modo. Tomando todo esto en cuenta, el cineasta, como Samay, nace como un cúmulo de estos aspectos, es decir, que surge cuando este logra contar una mentira (una historia mejor dicho) a través de una imagen en movimiento y de la luz proyectada. Por lo que, Samay, surge como cineasta con la culminación de su propio proyector; su primer prototipo lograba pasar ya no una imagen estática, sino varias y a velocidad, pero sin lograr una ilusión de movimiento, a lo cual, tras el conocimiento de Fazal sobre el obturador, logra comprender la ilusión que es el cine al no haber siempre una imagen en pantalla, sino que por el contrario, es un parpadeo de imágenes a una velocidad. Comprende la persistencia retiniana. Es aquí donde surge su segundo prototipo, perfeccionado, y logra proyectar películas prácticamente enteras, o mutiladas, que, curiosamente, empieza a robar de la estación de tren en la que trabaja sirviendo té con su padre, lo cual descubre a través del cine con Fazal, haciendo relación de las cajas en las que están resguardadas las películas. Esta parte de la historia, vista desde la inocencia de un niño que junto con sus amigos contagiados por las imágenes y las historias, que solo buscan saciar su cinefilia, provoca un efecto mariposa, donde proyecciones en diferentes cines se encuentran mezcladas con otras películas, o mutiladas, lo que lleva a Samay a comparecer frente a las autoridades y es encerrado en la cárcel un tiempo. Allí, aprende a utilizar el sonido como un modo de comunicación, con el cual, sus películas proyectadas, ya no serán mudas. Una vez liberado, vuelve a su proyector, que por cierto, se encuentra aislado del pueblo en el que vive y de su padre, el cual durante este tiempo se ha vuelto más severo desde que descubrió que no asistía a la escuela, a lo cual le ha castigado con golpes, y volviendo al pueblo no ha sido la excepción, pero es compadecido por su madre, quien está presente en su primer proyección sonora, o más bien, doblada y con efectos de sonido en vivo, lograda a partir de los mismos objetos con lo que armó sus múltiples proyectores: basura y cosas abandonadas adaptadas a sus necesidades.


Su padre descubre su lugar de proyección, donde está contenido todo el conocimiento de su hijo, el cual, le impone a su padre y lo deja asombrado, y en vez de pegarle por no estar trabajando junto con él en la estación de tren, se lleva sus ideas para dar paso a la libertad de su hijo. Una escena conmovedora, no resolutiva, pero que sin duda, nos pone en el papel del padre, ya que conocemos su enojo, pero también su resignación al no poder frenar el intelecto de su hijo, que va en contra de lo que él quiere para él (escuela, estudios de otra índole), que como se muestra en la película, es un niño ideal. Es un padre comprendiendo que la vida de su hijo, le pertenece a este, y en él está el potencial de cumplirlo, por lo que no darle otra paliza, es dejar de contenerle, y es darle la oportunidad que merece.


En este mismo momento, es donde Samay recibe una llamada urgente de Fazal, el cuál, le informa que ha pasado algo terrible, lo que nos lleva a conocer que el cine está siendo desmantelado, esto, para abrir paso a una nueva forma de proyección, esto es, la irrupción de la modernidad y la era digital en el cine, a través ya no de una maquinaria antigua, sino de una más compacta y con una operación optimizada (una laptop y un proyector digital). Samay empieza a temer por el destino de todas las cajas de película y de los proyectores, por lo que empieza a perseguir con ayuda de sus amigos a los camiones que los transportan hasta una fundidora, en la que (en una secuencia hermosa por su fotografía que explora el lugar y el proceso) el proyector es transformado en cucharas, y las películas, son diluidas en ácido para ser después manufacturadas en pulseras plásticas de diferentes colores. Esta secuencia es dura porque deja en un estado de shock a Samay, tras observar la transformación de su pasión en algo prácticamente irreconocible y al perder el contacto con el cine a través de Fazal por su despido, este se resigna a ser el chico ideal que buscaba su padre en él, por lo que sustituye sus tardes en el proyector por el estudio intensivo, queriendo enfocar su futuro en el estudio de la luz y en aprender inglés para poder salir de su pueblo y a su vez dedicarse a lo que le gusta, como le había recomendado su maestro de la escuela cuando este le plática lo que había estado haciendo en su ausencia de la escuela.

Este cambio abrupto en su comportamiento, lleva a que sus padres se preocupen por él, y en una tarde, cuando Samay confiesa su plan, su padre le notifica (a modo de redención de su papel en la historia) que se tiene que ir al tren, ya que en otra ciudad, uno de sus amigos le espera, y así, prosiga con su sueño. Samay y su familia corren al tren y se despide de ellos allí, en una secuencia donde cada persona vital para su proceso se despide de él, siendo, conmovedor poco para describirlo, ya que el rostro de Samay refleja que este no comprende todo lo que acaba de pasar, las lágrimas recorren su rostro y su mirada es inquieta, su respiración es rápida y su corazón seguramente también… Realmente esta secuencia sugiere reflexionar acerca de las oportunidades de algunas personas, la capacidad de contar con el apoyo de los demás, el coraje y resiliencia para demostrar al mundo que hay capacidad en cada uno de trabajar en lo que se ama, la valentía de dejar atrás a la familia y los amigos para realizar lo que uno ama… Esto es llevar las acciones hasta las últimas consecuencias, en otras palabras, esto es amor por el cine.


Recuperando el primer párrafo de esta reseña, la relación que tiene con el mundo a partir de toda su experiencia ahora se ve marcada por el cine que ha visto, puesto que en el tren encuentra a mujeres utilizando las pulseras de colores que vio en la fábrica, y es en relación a lo que él ha visto que empieza a relacionar las gamas de colores de las pulseras con las respectivas a las películas, a lo cual se sugieren diferentes interpretaciones: como la visión que se puede tener siendo cineasta, que es encontrar historias que contar en todas partes, hasta en el más mínimo detalle de lo cotidiano. También es la interpretación de que el cine, a pesar de ser a veces transformado su material físico en cosas que no tienen mucho que ver a priori, persiste en el mundo, recayendo una importancia grandísima en la memoría fílmica de alguien e incluso de un país o una cultura. Pero, lo que es constante en esta escena, es si o si, el cómo el cine llega a influir en nuestra vida, en nuestras aspiraciones, y moldea el cómo nos empezamos a relacionar con ella. La película cierra con esta secuencia nombrando películas, después directores donde entra una voz ya madura (el mismo director) repitiendo el ejercicio de asociación, que cierra con un fundido a blanco.



Es una película que personalmente me resultó muy emotiva, que logró conmoverme durante toda su duración. En ella pude ver reflejados los sentimientos que tengo respecto a la vida, a la realización cinematográfica, porque, si como a Samay, si hoy mismo tuviera que dejar todo para perseguir mi sueño, correría. Así mismo, creo que es una película que directamente incita a que se persiga el sueño cineasta por todos los medios, que nada es lo suficientemente poco para poder contar historias y lograr proyectarlas, así como a desarrollar el potencial genio creativo con él que cada persona cuenta. Refiriendo de nuevo a la importancia de ser por medio de su cine nacional el primer acercamiento y a como el cine moldea como nos relacionamos con el mundo, me parece increíble el valor que se le da a su propia producción nacional, y la reflexión a la que lleva esto me es cotidiana últimamente, ¿qué tan lejos estoy de mi cine? ¿Y el resto de mi país? ¿Qué tantos remanentes de mi cine hay a mi alrededor y no los percibo? ¿es mi cine nacional suficiente? La única respuesta que encuentro es acercarme, como Samay, cada vez más al cine mexicano, saciar la cinefilia a través de sus historias, imágenes, sonidos, colores, luces…

Esta película es una carta de amor al cine, y es, en mi caso, la reafirmación del porque el amor a este arte y un impulso a no dejar de consumir el cine nacional.


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