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EL ÁRBOL DE LAS BRUJAS: DE BRADBURY A JOAQUÍN SABINA

Actualizado: 17 nov

Por Raúl S. Martínez



Estoy convencido de que el otoño y el invierno contienen las mejores celebraciones de todo el año. Por ejemplo, apenas hace unas semanas celebramos Día de Muertos y ya estamos pensando en Navidad. Para los más acérrimos seguidores de los deportes, la Serie Mundial y el inicio de la temporada de fútbol americano también suceden durante estos meses en los que tenemos menos horas de luz solar. Por último, y aunque se trate de una celebración mucho menos popular, durante lo más crudo del invierno es que conmemoro mi cumpleaños, normalmente con una copa de vino mientras imito a Juan Gabriel cuando interpreta Por qué me haces llorar en Bellas Artes y una monumental resaca a la mañana siguiente.

Pero volvamos al Día de Muertos, una antigua celebración mexicana que llena nuestros corazones de orgullo y nostalgia por quienes ya se fueron, al mismo tiempo que esparce colores y aromas por nuestras casas y calles y nos da aún más razones -como si no sobraran los motivos- para convivir y seguir celebrando la vida.


Un día antes y del otro lado del Río Bravo, se celebra Halloween, una tradición de origen celta popular sobre todo en países anglosajones y que, a través de la influencia de Estados Unidos en la cultura popular de Occidente, ha permeado en el imaginario de los mexicanos a través de todo tipo de formatos: series, películas y por supuesto, novelas.

La anterior explicación resulta casi completamente innecesaria; estoy seguro de que todos conocemos a la perfección los simbolismos presentes en los altares de muertos que colocamos cada año en honor a nuestros queridos difuntos como también poseo la certeza de que hemos asistido a más de una fiesta de disfraces en estas fechas. Hemos tenido pesadillas protagonizadas no sólo por Freddy Krueger, sino también por La Llorona y también hemos despertado a la mañana siguiente con una resaca originada por mezcal que, en una manifestación de pésima toma de decisiones, decidimos alternar con Bud Light.

Sobre el sincretismo que nos caracteriza no sólo a los mexicanos sino a la humanidad y a lo parecidas que son nuestras tradiciones a pesar de que estemos a lados distintos de un río o en extremos opuestos de un océano es que trata El árbol de la Brujas, de nuestro queridísimo Ray Bradbury.


Publicada originalmente en 1972, El árbol de las brujas es una novela corta en la que viajamos a través del mundo y de las épocas de la mano de Tom, Ralph, Pip y el resto de sus amigos, niños comunes y corrientes de algún suburbio estadounidense, quienes guiados por el misterioso Carapace Clavicle Moundshroud, aprenden sobre el origen de las tradiciones relacionadas la muerte en distintas regiones del globo terrestre. En Irlanda aprendemos sobre el Samhain, en el antiguo Egipto sobre las momias y por supuesto en México -país al que Ray Bradbury igual que Julio Verne le tenía un especial cariño- aprendemos un poco más sobre El Día de Muertos.


El viaje de aquel grupo de niños no es simplemente académico, en realidad se trata de una carrera contra el tiempo en la que al final deberán hacer un sacrificio significativo si quieren que Pip, el más valiente y carismático de todos ellos, su más querido amigo y líder, siga entre los vivos disfrutando de la pacífica existencia propia de la infancia.


El árbol de las brujas, que como muchas obras de Bradbury también tuvo su adaptación televisiva, estrenada en 1993 por Cartoon Network y en donde el mismo Bradbury presta su voz como narrador y Leonard Nimoy, el Señor Spock da vida y voz a Carapace Moundshroud, no sólo es una historia lo suficientemente corta, con un texto digerible, un ritmo veloz y con protagonistas con los que los lectores más jóvenes podrían identificarse y disfrutar, también aborda un tema que, me parece, no pierde relevancia en la conversación pública: no importan nuestras diferencias geográficas, temporales, étnicas o culturales, al final la humanidad está unida por los mismos miedos, anhelos, deseos y obstáculos. Ya sea que bebamos tequila, Coors Light o Beaujolais, estemos disfrazados de Catrinas o de Michael Myers o bailemos al ritmo de The Monster Mash o disfrutemos con los bellos acordes de La Llorona, el mismo final nos espera a todos. Pero mientras eso pasa, disfrutemos de todo lo que la experiencia humana tiene para ofrecer, personas, bebidas, comida y cultura, incluyendo una hermosa novela de Ray Bradbury, porque como escribiera Joaquín Sabina, antes de morirme quiero vivir la vida un poquito . Y por cierto que si eres fan de este canta autor no te puedes perder el estreno de su documental "Sintiéndolo Mucho", el cuál se estrena este próximo 17 de noviembre, dirigido por Fernando León de Aranoa.


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